La artista estadounidense, una de las grandes leyendas vivas del folk y la canción protesta, abarrotó el teatro Jovellanos en un cálido concierto con el que despidió su gira española
Gijón, José Luis Argüelles
Desde sus inicios en el Boston del Newport Folk Festival, allá por 1959, cuando sólo tenía 18 años, hasta ayer mismo, que despidió su gira española en un abarrotado teatro Jovellanos, en Gijón, casi ya septuagenaria, Joan Báez ha mantenido una coherencia estilística y una fidelidad musical que han hecho de su voz uno de los iconos de varias generaciones de ciudadanos de todo el mundo. Ha pasado más de medio siglo y las modas han aupado a las listas de discos más vendidos a no sé cuántos nombres que ni el olvido escucha, pero esta neoyorquina delgada y ojerosa sigue ahí, con sus canciones de siempre, como si las flores aquéllas de los años sesenta no se hubieran marchitado y aún oliéramos el napalm de la guerra de Vietnam, la sangre triste y derramada de Martin Luther King, los pasos insurrectos de la marcha sobre Washington.
La historia ha barrido los días en que ella era la reina de la protesta, la chica con la que Bob Dylan compartía sus genialidades y su almohada, la muchacha que se declaraba bisexual y escuchaba a Woody Guthrie y Pete Seeger para saber cómo crecían las raíces. La historia la ha encanecido, pero ahí sigue, como si todo y todos hubiéramos cambiado y sólo su voz privilegiada, de diva de las praderas con fogatas y de las calles con manifestaciones obreras, nos recordara la emoción de sentir y escuchar algunas cosas importantes.
Recién llegada de Vigo y con la Orden de las Artes y las Letras de España junto a sus guitarras, Joan Báez desplegó en el Jovellanos su larga trayectoria de artista inconfundible, que va del country al pop-rock. Abrió el concierto con «Lily of the West» y presentó canciones de su último disco, «Day After Tomorrow» (2008), en el que han colaborado nada menos que Elvis Costello y Tom Waits, junto con viejos temas como el inolvidable «Farewell, Agelina», de 1965; hizo incursiones por la canción tradicional hispanoamericana, como la impagable «La llorona» o la siempre grata «De colores»; puso su voz a la «Suzanne» de Leonard Cohen y levantó al público con ese himno de Dylan y de todos que es «Blowin in the Wind», que ella cantó en la película «Fame».
Joan Báez, acompañada por una excelente banda, sobriamente vestida de azul y negro, hizo al público uno de esos guiños que sólo están al alcance de artistas con un inagotable repertorio y una sensibilidad ideológica a prueba de años y desilusiones. Cantó «Llegó con tres heridas...», uno de los poemas más desnudos y hermosos de Miguel Hernández, el poeta muerto en las prisiones de Franco, del que este año se conmemora el centenario de su nacimiento. La cantante, que animó a corear temas como «Donna donna», despidió la noche con «Gracias a la vida», otro de esos himnos vitales que aprendió de Violeta Parra y ha reinterpretado de manera personal.
La artista, que intentó hablar un español que quizá recuerda de su padre mexicano, conserva la calidad y calidez de su extraordinaria voz, aunque sus agudos han perdido lógicamente cierta intensidad. Mantiene también su espléndida vocalización y esa vibración musical tan característica. Han pasado los años, pero aún reina.
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